Cómo manejar el enojo hacia nuestros hijos

Cómo manejar el enojo hacia nuestros hijos

Guardar la calma resulta complicado cuando, por ejemplo, estamos en el banco y nuestros hijos gritan a todo pulmón, berrean y se retuerce, mientras les pedimos que guarden silencio o se comporten educadamente. ¿Es un caso extremo o es más común de lo que pensamos? Quizá pienses que a ti nunca te va a pasar, que tu pequeño tesoro jamás hará tal pataleta. Pero a lo mejor, sí.

En momentos así nos sentimos juzgados y apenados, deseando que se tranquilicen, pero muchas veces usamos estrategias que tienen un resultado contraproducente. La ira es una respuesta emocional primaria que se expresa con resentimiento, furia o irritabilidad, es algo biológico, pero cómo la manejes depende completamente de ti.

La ira tiene un ciclo que va de la siguiente forma: a)enojarnos con el niño y reaccionar negativamente a ello, eso conduce hacia b)enfado con uno mismo por no haber manejado la situación idealmente, c)nos enojamos con el niño porque nos hizo enojar con nosotros mismos.

¿Qué podemos hacer?

Primero es importante reconocer que estamos alterados y que ese no es nuestro estado natural de ser, pero es posible controlarse.

Mantén la perspectiva y recuerda que tu eres el adulto.

Trata de inhalar y exhalar tranquilos, mientras pasa la crisis.

Retírate unos momentos, puede ser de la habitación o de donde te halles.

Al igual que nosotros, los niños también tienen malos momentos que pasan pronto.

Piensa en los bellos momentos que pasas con tus hijos, recuerda lo maravillosos que son.

Pero si tu pequeño repite un comportamiento que te enfada, piensa en una estrategia para manejar la situación cuando ocurra, y para evitar que suceda.

No te tomes su comportamiento como una afrenta personal.

Si ya le has tratado mal, puedes disculparte con tu hijo y aprender de ello para que no se repita.

Pasada la tormenta, habla con tu hijo, explícale qué te molesta, qué esperas de él y hazle saber los límites permitidos. Repítele cuanto lo amas.

Por último, no pretendas ser un padre perfecto, ni te sientas culpable al darte cuenta de que no lo eres. ¡Nadie lo somos!

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